
La Economía y el Plan Divino para la Creación
La economía no es un invento moderno ni una simple disciplina técnica; es parte del diseño original de Dios para el ser humano en la creación. Desde Génesis 1:28, el mandato cultural otorga al hombre la responsabilidad de “sojuzgar la tierra y señorear sobre ella”, lo que implica administrar los recursos con sabiduría y justicia. Esta vocación económica está ligada a la imagen de Dios en el hombre: somos «co-creadores» llamados a producir, intercambiar y multiplicar el bien común bajo la soberanía divina.
Autores como Gary North subrayan que la economía bíblica parte del reconocimiento de la propiedad de Dios sobre toda la creación y la administración humana como mayordomía responsable. En Honest Money (1986), North argumenta que toda distorsión económica –como la inflación estatal o la usura injusta– proviene del intento humano de usurpar la autoridad de Dios sobre el dinero y el mercado. Así, la teología económica nos invita a reorientar la actividad económica hacia el servicio y la obediencia al Creador.
Propiedad Privada y Estado de Naturaleza
La propiedad privada surge del estado natural del hombre como extensión de su trabajo y esfuerzo. Juan Locke, en su Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil (1689), sostiene que al mezclar su trabajo con la naturaleza, el hombre convierte lo común en suyo, siempre bajo la premisa del respeto a la vida y la libertad ajenas. Esta visión encuentra eco en el Génesis, donde Adán recibe el encargo de labrar y guardar el Edén (Génesis 2:15), estableciendo la base teológica del usufructo privado.
La Biblia no presenta la propiedad como un privilegio opresor, sino como una responsabilidad ante Dios. Los Diez Mandamientos incluyen la prohibición de robar y codiciar (Éxodo 20:15, 17), lo cual presupone la existencia legítima de lo propio. Este principio se opone a las visiones colectivistas que niegan la propiedad personal y justifican la confiscación estatal bajo pretextos de equidad, contraviniendo la justicia divina.
Jesús, Pablo y el Usufructo de los Medios de Producción
El ministerio terrenal de Jesús y la vida de la iglesia primitiva ilustran un modelo de economía basada en el trabajo y el usufructo personal. Jesús y sus discípulos utilizaron redes, barcas y recursos propios para su sustento (Lucas 5:2-3), evidenciando que la producción y el comercio eran compatibles con el Reino de Dios. Pablo, por su parte, fabricaba tiendas para sostener su ministerio (Hechos 18:3), mostrando la dignidad del trabajo manual y la legítima obtención de ingresos.
Este patrón contrasta con las ideas modernas que demonizan la propiedad privada en los medios de producción. Los pescadores del Nuevo Testamento eran emprendedores que intercambiaban en mercados locales, sin intervención coercitiva del Estado. En lugar de condenar la actividad empresarial, Jesús usó parábolas basadas en inversiones, talentos y cosechas (Mateo 25:14-30), señalando que el incremento legítimo de bienes es digno de alabanza cuando se hace con fidelidad y diligencia.
Trabajo, Responsabilidad e Incentivos
La teología económica bíblica enseña que el trabajo es vocación y bendición, no maldición. Aunque el pecado introdujo fatiga y dificultad (Génesis 3:17-19), el trabajo sigue siendo el medio por el cual el hombre refleja la creatividad divina y provee para su familia. El apóstol Pablo enfatiza: “El que no quiera trabajar, que tampoco coma” (2 Tesalonicenses 3:10), estableciendo la responsabilidad individual como principio económico fundamental.
Este enfoque se opone a modelos que desincentivan el esfuerzo personal mediante subsidios indiscriminados o redistribuciones coercitivas. Friedrich Hayek, en Camino de Servidumbre (1944), advierte que las políticas que anulan la responsabilidad individual conducen inevitablemente a la servidumbre estatal. Una economía libre fomenta la diligencia, premia la innovación y permite que cada persona coseche el fruto de su labor, como enseña Gálatas 6:5: “Cada uno llevará su propia carga”.
El Mercado y la Libertad para Intercambiar
El libre mercado, lejos de ser un invento moderno, refleja principios bíblicos de libertad y justicia en el intercambio. Proverbios 20:14 describe las dinámicas de negociación entre comprador y vendedor, mostrando que la interacción voluntaria es parte de la vida económica. Ludwig von Mises, en La Acción Humana (1949), explica que el mercado es un proceso de cooperación social donde millones de decisiones individuales se armonizan espontáneamente sin necesidad de control central.
La libertad de intercambiar permite satisfacer necesidades mutuas y optimizar recursos de manera pacífica. En la Biblia, la diversidad de talentos y oficios se complementa en beneficio del cuerpo social (1 Corintios 12:4-7). Cuando el Estado interviene excesivamente en el mercado, distorsiona los precios y crea escasez artificial, como ocurrió en los regímenes socialistas del siglo XX. La economía bíblica favorece la cooperación voluntaria frente a la coerción.
La Balanza Justa y la Ética en los Negocios
La Escritura enfatiza la justicia en las transacciones económicas. Proverbios 11:1 declara: “El peso falso es abominación a Jehová; mas la pesa cabal le agrada”. Este principio demanda integridad en los intercambios y condena el fraude, ya sea cometido por individuos o por el propio Estado a través de inflación monetaria o manipulación fiscal. Gary North afirma que la degradación de la moneda equivale a un robo encubierto contra el pueblo, contrario a la ley bíblica.
La ética de la balanza justa se extiende al comercio moderno, donde la transparencia y la honestidad son esenciales para la prosperidad sostenible. Milton Friedman, en Capitalismo y Libertad (1962), resalta que el mercado libre requiere reglas claras y protección contra el fraude, pero no planificación central. La justicia económica no proviene del control estatal, sino del respeto a contratos, propiedad y veracidad en las transacciones.
Refutación del Intervencionismo Estatal
El intervencionismo económico del Estado, aunque se presenta como solución a la desigualdad, termina generando más pobreza e injusticia. El control de precios, la inflación dirigida y la redistribución forzada violan el octavo mandamiento y desincentivan la producción. Thomas Sowell, en Basic Economics (2004), demuestra que las políticas intervencionistas fallan porque ignoran la realidad de los incentivos y la escasez.
Bíblicamente, la función del gobierno no es gestionar la economía, sino garantizar justicia y seguridad (Romanos 13:3-4). Cuando el Estado asume funciones que Dios no le ha otorgado, invade esferas como la familia o la iglesia y fomenta la idolatría política. La historia de Israel bajo los reyes muestra que el exceso de tributos y control conduce a la opresión (1 Samuel 8:10-18), un patrón que se repite en los regímenes centralizados de todas las épocas.
El Mandato Cultural y la Productividad Humana
El mandato cultural de Génesis 1:28 no solo ordena multiplicar y llenar la tierra, sino también ejercer dominio responsable sobre ella. Esta comisión incluye el desarrollo económico: cultivar, producir y transformar los recursos para el bien común y la gloria de Dios. En la perspectiva de Gary North, el mandato cultural es la base para una economía teonómica, donde la ley de Dios guía la ética del trabajo, el ahorro y la inversión.
La productividad humana es un reflejo de la creatividad divina. Al crear bienes y servicios, el hombre participa en la expansión del Reino, mostrando que el evangelio tiene implicaciones económicas y culturales. Una iglesia que ignora esta dimensión reduce el evangelio a lo privado, olvidando que Cristo es Señor sobre toda la vida, incluyendo el mercado y la economía.
Libertad Económica y Reino de Dios
La libertad económica es coherente con la cosmovisión bíblica porque reconoce la responsabilidad individual y el valor del prójimo. Donde hay libertad para producir e intercambiar, florecen la cooperación y el bienestar general. Adam Smith, en La Riqueza de las Naciones (1776), describió la “mano invisible” del mercado, pero la Biblia va más allá al afirmar que es la providencia de Dios la que dirige las naciones (Proverbios 21:1).
El Reino de Dios no se impone por coerción económica, sino por transformación del corazón que conduce a prácticas justas y generosas. Una sociedad con fundamentos bíblicos en su economía será libre y próspera no porque adore al mercado, sino porque honra al Dios que ordenó la justicia, la mayordomía y la libertad en todas las esferas de la vida.
Economía, Evangelio y Cultura
La teología económica conecta la redención en Cristo con la restauración de la cultura. El evangelio no solo salva almas, también reforma la manera en que administramos los recursos, producimos riqueza y nos relacionamos económicamente. Francis Schaeffer advirtió que cuando la iglesia renuncia a hablar de temas económicos, deja un vacío que el secularismo llena con ideologías colectivistas y estatistas.
Un enfoque bíblico de la economía promueve la generosidad voluntaria, no la coerción; fomenta el emprendimiento, no la dependencia estatal; y reconoce que la verdadera prosperidad surge cuando se combinan libertad, responsabilidad y justicia. En última instancia, la teología económica apunta a Cristo como Señor de la creación y del mercado, llamando a los creyentes a ser luz en un mundo que busca soluciones económicas sin referencia al Creador.
Referencias
Gary North, Honest Money, Dominion Press, 1986.
John Locke, Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil, 1689.
Ludwig von Mises, La Acción Humana, 1949.
Friedrich Hayek, Camino de Servidumbre, University of Chicago Press, 1944.
Milton Friedman, Capitalismo y Libertad, University of Chicago Press, 1962.
Thomas Sowell, Basic Economics, Basic Books, 2004.
Adam Smith, La Riqueza de las Naciones, 1776.
Francis Schaeffer, A Christian Manifesto, Crossway, 1981.
Eleazar Betancourt | Abogado, Politólogo y Teólogo.
