✂️Menos Estado, Más Libertad: Así se Vence la Batalla Cultural 

La Batalla Cultural y el Riesgo del Poder Ilimitado

Cuando la lucha política se enfoca únicamente en quién ocupará el poder, sin cuestionar los límites del mismo, la cultura se convierte en un botín del gobernante de turno. El problema no es únicamente el “mal” gobernante, sino el poder excesivo que cualquier gobernante tiene para moldear leyes, costumbres e instituciones según su agenda ideológica. En este contexto, el verdadero cambio cultural no se logra con alternancia, sino con limitación efectiva del poder estatal. Un sistema político que no limita el poder está condenado a ser rehén de las pasiones del caudillo del momento. La Biblia lo ilustra con claridad: “Cuando los justos gobiernan, el pueblo se alegra; pero cuando domina el impío, el pueblo gime” (Proverbios 29:2).

Friedrich Hayek, en Camino de Servidumbre, advertía que “la concentración de poder es siempre peligrosa, sin importar quién la ejerza”. Esta afirmación, aunque formulada en un contexto económico, es igualmente válida para la cultura: todo poder sin control tiende a ser usado para imponer una visión del mundo. En otras palabras, la batalla cultural no se gana sustituyendo a los actores, sino reduciendo el escenario sobre el cual pueden actuar de forma despótica.


El Fundamento Bíblico del Gobierno Limitado

Las Escrituras ofrecen un modelo de autoridad política restringida. Romanos 13 presenta al magistrado como “servidor de Dios para bien”, cuya misión es castigar al malhechor y premiar al que hace el bien. No encontramos en la Biblia mandato alguno para que el Estado dirija la economía, eduque a los hijos o establezca la moral por decreto. El Señor Jesús mismo, en Mateo 22:21, marcó la separación entre las cosas que pertenecen a Dios y las que corresponden al César, reconociendo una jurisdicción limitada para el poder civil.

Juan Calvino, en Institución de la Religión Cristiana, enseñó que “el magistrado no es dueño del pueblo, sino ministro de Dios para su bien” (IV.20.9). Esta concepción reformada del Estado subraya que la autoridad es delegada y, por tanto, limitada. La verdadera defensa de la cultura requiere protegerla de un Estado que, al exceder su mandato, invade esferas que Dios entregó a la familia, la iglesia y la comunidad.


La Libertad sin Privilegios

Una de las formas más sutiles en que el poder corrompe la cultura es a través de los privilegios legales otorgados a ciertos grupos. Estos privilegios, disfrazados muchas veces de “protección” o “fomento”, distorsionan la igualdad ante la ley y crean élites dependientes del poder. En una sociedad con gobierno limitado, la ley protege derechos, pero no reparte beneficios especiales. La batalla cultural exige igualdad jurídica y rechazo al favoritismo político.

Milton Friedman, en Capitalismo y Libertad, subrayó que “la igualdad ante la ley es la base de toda libertad” (p. 133). Cuando un gobierno reparte privilegios, inevitablemente influye en la cultura, pues moldea qué valores y conductas son recompensadas y cuáles son castigadas. Para que la cultura florezca de manera genuina, debe estar libre de las distorsiones impuestas por la arbitrariedad estatal.


No Intromisión en Asuntos Privados

Cuando el Estado se infiltra en la educación, la religión, la vida familiar o las preferencias de consumo, desplaza la responsabilidad personal y la libertad de conciencia. El resultado es una ciudadanía dependiente, no autónoma. Un gobierno limitado reconoce que hay esferas —la familia, la iglesia, la comunidad local— que le son ajenas, y su deber es protegerlas, no controlarlas.

Herman Bavinck, en su Dogmática Reformada, afirmó que “la libertad es un don de Dios, y la autoridad humana debe servirla, no sofocarla” (Vol. 4, p. 614). La no intromisión en asuntos privados no es un capricho liberal, sino un principio de justicia que asegura que la cultura se construya desde abajo hacia arriba, no desde la imposición burocrática.


Economía Libre como Pilar Cultural

La libertad económica no es un lujo, es una condición necesaria para la libertad cultural. Sin propiedad privada y libre intercambio, las personas carecen de los medios para sostener proyectos culturales, artísticos o educativos independientes. En la historia bíblica, el mandato cultural (Génesis 1:28) se asocia a la administración responsable de lo propio, no a la dependencia de un ente central que decide qué producir y qué consumir.

Ludwig von Mises, en La Acción Humana, advirtió: “Quien controla la producción controla la vida misma” (p. 284). Esto significa que si el Estado controla la economía, inevitablemente controlará la cultura. Un gobierno limitado, al garantizar un mercado libre, permite que la diversidad cultural prospere sin la amenaza de uniformidad impuesta.


El Peligro del Estado como Ingeniero Social

Cuando el gobierno asume la tarea de moldear la cultura, se convierte en un ingeniero social que decide qué valores se enseñan y qué creencias se reprimen. Esto es igualmente peligroso bajo regímenes abiertamente totalitarios y en democracias que usan su poder para imponer agendas ideológicas. La historia demuestra que los estados con poder cultural ilimitado terminan anulando la pluralidad.

Alexis de Tocqueville, en La Democracia en América, advirtió que “el despotismo suave priva a los hombres de la dificultad de pensar por sí mismos” (Vol. 2, p. 319). La batalla cultural solo puede ganarse si la cultura deja de ser una herramienta de ingeniería estatal y vuelve a ser el producto libre de la sociedad civil.


El Rol de la Sociedad Civil

Una sociedad fuerte no depende del Estado para definir sus valores, sino que se organiza en redes de familia, iglesias, escuelas privadas, empresas y organizaciones comunitarias. En un sistema de gobierno limitado, estas instituciones no están subordinadas al aparato estatal, sino que interactúan libremente, desarrollando sus propias visiones del bien común.

Gary North afirmaba que “quien domina la educación, domina el futuro” (Dominion and Common Grace, p. 211). Por eso, un gobierno limitado protege la educación de la captura política. La sociedad civil es el verdadero motor cultural, y solo florece cuando está a salvo de la intromisión gubernamental.


La Victoria Cultural desde la Libertad

Ganar la batalla cultural no significa poner “a los nuestros” en el poder, sino diseñar un sistema en el que ni los nuestros ni los ajenos puedan abusar del poder. Esto implica reducir el Estado a sus funciones legítimas: justicia y seguridad. Cuando el poder es pequeño, la libertad es grande y la cultura respira.

Lord Acton resumió magistralmente este principio: “El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente” (Carta a Mandell Creighton, 1887). La verdadera victoria cultural es estructural, no coyuntural: asegurar que las instituciones culturales estén blindadas contra la manipulación del gobernante de turno.

Debatir es Necesario, pero el Gobierno Limitado es Decisivo

Es correcto y necesario incidir en el debate cultural sobre temas como el aborto, la eutanasia o la ideología de género. Estos asuntos requieren defensa activa de la verdad y argumentación pública constante. Sin embargo, por más contundentes que sean las victorias en el debate, si el Estado conserva la facultad de imponer por decreto la moral o la inmoralidad, esos avances son temporales. Hoy puede prevalecer una ley que proteja la vida, pero mañana, un cambio de mayoría legislativa o de presidente podría revertirlo todo si el poder estatal sigue siendo absoluto.

Por eso, la victoria cultural definitiva requiere que el aparato estatal no tenga la autoridad para imponer visiones ideológicas contrarias a la ley moral de Dios. Como escribió James Madison en The Federalist Papers: “El gobierno ha de ser capaz de controlarse a sí mismo para que no se convierta en el instrumento de opresión” (Federalist No. 51). En un sistema de gobierno limitado, las leyes fundamentales protegen la vida, la familia y la libertad, sin quedar expuestas al vaivén de las modas culturales o la voluntad del gobernante de turno. Solo así el esfuerzo de años de batalla cultural no se pierde con un simple cambio de administración.


Referencias

Acton, Lord. Carta a Mandell Creighton. Londres: Correspondencia privada, 1887.

Bavinck, Herman. Dogmática Reformada, Vol. 4. Grand Rapids: Baker Academic, 2008 (reimpresión de 1918), p. 614.

Calvino, Juan. Institución de la Religión Cristiana. Ginebra: 1559, Libro IV, cap. 20, sec. 9.

Friedman, Milton. Capitalismo y Libertad. Chicago: University of Chicago Press, 1962, p. 133.

Hayek, Friedrich. Camino de Servidumbre. Chicago: University of Chicago Press, 1944, p. 104.

Madison, James. The Federalist Papers, No. 51. Nueva York: Independent Journal, 1788.

Mises, Ludwig von. La Acción Humana. Madrid: Unión Editorial, 2011 (edición original 1949), p. 284.

North, Gary. Dominion and Common Grace. Tyler, TX: Institute for Christian Economics, 1987, p. 211.

Tocqueville, Alexis de. La Democracia en América, Vol. 2. París: Gosselin, 1835, p. 319.

Eleazar Betancourt | Abogado, Politólogo y Teólogo.